El nombre de Neurociencia Cognitiva se gestó hacia finales de los setenta en el asiento trasero de un taxi en Nueva York. En ese taxi, Michael S. Gazzaniga y George A. Miller se dirigían a una cena de trabajo con un grupo de colegas de otras universidades americanas, que se habían propuesto coordinar esfuerzos para estudiar el substrato cerebral de la mente, una empresa que hasta entonces no tenía nombre propio (Gazzaniga, Ivry y Mangun, 1998). Cierta o no la historia, lo cierto es que desde entonces la Neurociencia Cognitiva se ha ido forjando durante estos años como una disciplina con entidad propia y reconocida por la comunidad científica, a caballo entre la psicología cognitiva y la neurociencia. El primer uso público de la denominación “Neurociencia Cognitiva” corres- ponde a un curso que con este nombre organizaron los ya aludidos Gazzaniga y Miller en el Cornell Medical College, en 1976, sobre las bases biológicas de la cog- nición humana (Gazzaniga, 1984). El objetivo: enfatizar la comprensión de ésta, partiendo de la consideración de que la aproximación más apropiada era la de estudiar sujetos humanos sanos con las técnicas de las ciencias del cerebro en concordancia con los métodos de las ciencias cognitivas (Gazzaniga, 1984). Pero probablemente no fue hasta 1982, según Posner y DiGirolamo (2000), cuando se publicó el primer texto con este nombre: Cognitive neuroscience: Developments towards a science of synthesis de Posner, Pea y Volpe (1982), aparecido en un libro sobre representaciones mentales (Mehler, Walker y Garret, 1982). Otros primeros textos con ese término fueron el Handbook of cognitive neuros- cience , editado por Gazzaniga en 1984, o el Mind and brain: dialogues in cognitive neuroscience , editado por LeDoux y Hirst en 1986. Sin embargo, estas primeras obras fueron más un compendio de buenos propósitos que el escaparate de una disciplina científica establecida. Así por ejemplo, el Handbook of cognitive neuros- cience de Gazzaniga (1984), define el objetivo de la Neurociencia Cognitiva como el estudio de las bases biológicas de la cognición humana, aunque, a pesar de las pretensiones del título, el resultado son 19 capítulos dispersos, de los cuales úni- camente en siete se tiene en cuenta explícitamente el cerebro. En el resto se discuten trabajos realizados con medidas conductuales, o se proponen modelos lógi- cos o computacionales sobre distintas funciones cognitivas. Creemos pues que no fue hasta 1988-89, como se discutirá más adelante, que la Neurociencia Cogni- tiva se hace explícita como una disciplina nueva, con un objeto de estudio y un marco paradigmático –en el sentido kuhniano (Kuhn, 1962)– propios, con las publicaciones de Posner, Petersen, Fox y Raichle (1988), Kosslyn (1988),
Churchland y Sejnowski (1988) y Gazzaniga (1989). Y no ha sido hasta hace muy poco que se han publicado libros que con ese título ofrecen una perspectiva desde la Neurociencia Cognitiva de las funciones cerebrales; nos referimos al libro Neurociencia y conducta , de Kandel, Schwartz y Jessell (1997), y al Cognitive Neuroscience: The biology of mind , de Gazzaniga et al . (1998, recientemente ampliado y reeditado en 2002).
La Neurociencia Cognitiva se define como la disciplina que busca entender cómo la función cerebral da lugar a las actividades mentales, tales como la per- cepción, la memoria, el lenguaje e incluso la consciencia (Albright y Neville, 2000; Gazzaniga, 1984, 1995, 2000b; Kosslyn y Andersen, 1992; Kosslyn y Shin, 1992; Posner y DiGirolamo, 2000; Waldrop, 1993). Para Gazzaniga (1995, 2000b), la mente es lo que el cerebro hace, y la Neurociencia Cognitiva aboga por una ciencia que relacione genuinamente el cerebro y la cognición de una manera mecanicista. En este sentido, la Neurociencia Cognitiva busca descubrir los algoritmos que describen la actividad fisiológica llevada a cabo en las
Cognitiva, 2004, 16 (2), pp. 0-02 estructuras neuronales, y que resultan en la percepción, la cognición y la consciencia (Gazzaniga, 1995).
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